I’m ready to lose

everything

but you.

Anuncios

Ready To Lose (Ingrid Michaelson)

“Si el nombre […] es arquetipo de la cosa, en las letras de ‘rosa’ está la rosa…”

Imagen

Si ya es realmente complicado llegar a sentirte bien contigo mismo, esto y sentirse bien con lo que a uno le rodea lo es más. Cuando surge alguien capaz de ambas cosas y que además comete el terrible error de intentar propagar ese estado de éxtasis y suprema comunión con el universo con los demás de forma claramente altruista, se puede considerar (si no afirmar con absoluta certeza, a pesar de los escépticos) la posibilidad de que hay un genio entre nosotros.

Tuve (y tengo) la tremenda suerte de haber conocido a uno de estos genios.

Desde siempre quise considerarme uno de ellos. A falta de amigos, no me quedaba otra que el éxito; como buen crío que era, el éxito que buscaba era principalmente académico. Como adolescente que crecí, apliqué la inducción a mi necesidad de éxito académico y la transformé en una necesidad de éxito en cada cosa que me gustara… y creo que logré hacer lo que quería. Al menos, hasta que se me gastaba el combustible que movía mi interés: siempre he sido de esas personas que tienen una fuerza de iniciativa gigantesca, pero que se le gasta en seguida; no obstante, esto me dio la oportunidad para probar un poco de todos los campos: física, química y biología; literatura e historia; ficción, realidad; música y arte (echo en falta esta última, y creo que va a faltar en mi vida por un tiempo más). Y oí a menudo la frase que en secreto saboreaba y repetía, letra por letra, insaciable, en mi memoria: “Este chico es un genio“. Era el alimento por el que mendigaba: un reconocimiento por parte de los mayores, los que eran superiores a los que jugaban en mi misma liga, los ‘niños de mi edad’ a quienes aborrecía por rencor a lo que me hicieron alguna vez en la inocente crueldad que acarrea la infancia. Era la marca de aprobación que necesitaba, el saber que iba bien, saber que valía para algo a pesar de lo inútil que me sentía. Una marca de luz en la fúnebre oscuridad que me rodeaba.

A pesar de todo, quería más. Que una o dos personas dijeran aquella frase, que actuaba las veces de panacea para mi herida autoestima, no resultaba suficiente. Tenía que ampliar el alcance. Y así lo hice: me gané el reconocimiento de un número creciente de personas. Todo empezaba a ser como siempre quise que fuera… pero, en el fondo, un engranaje se había atascado.

¿Realmente lo merecía?

¿Era ‘un genio’ porque buscaba serlo? ¿Eso no era serlo sólo superficialmente, con un interés despreciable detrás?

¿No me hacía eso aborrecible?

Así me sentía: me odiaba. No sabía qué quería. No sabía si era sincero, peor aún, si lo había sido alguna vez. “Parad, parad de verme como algo que no soy. Parad de elogiarme. Dejaos de palabras bonitas. ¿Es que no veis que sólo es una carcasa?”, pensaba. Nunca me atreví a decirlo.

Cuando levanté la cabeza para limpiarme las lágrimas un poco, vi que me habían dado el mayor de los méritos, el mayor de los cumplidos, el mayor de los reconocimientos. Las palabras de grandeza que satisfarían mi alma por tres o cuatro eternidades. Podría atender a una de las mejores escuelas de todo el mundo, en un país que seguro me encantaría, rodeado de gente de un nivel escalofriante. Miré, esta vez, alrededor, para ver si era real o un sueño; pero al hacerlo la vi a ella. Quien me agarró la mano, segura de que yo lo lograría y sin siquiera importarle si ella pasaría, en el momento de la salvación de unos nombres y el asesinato de los que cayeron entonces en el más tenaz de los olvidos. Quien obtuvo su merecido puesto en el panteón de los laureados tras una cruel e incomprensible negativa. Quien es capaz de hacer con poco lo que pocos harían con demasiado. 

Ella, la verdadera genio. Quien me hizo entender el significado de aquella maldita palabra. 

Y entonces todo se derrumbó a mi alrededor, porque ella estaba aquí, y me habían colocado a su lado. Y al lado de otros veinte como ella. A mí, al falso, a Loki, a la máscara, a la palabra sin significado, a la copia, a la cáscara vacía, a la lágrima seca, al auto-compadecido, al victimista, al usurpador. Sentía que era un vil ladrón, que había cometido el más fino y grande de los crímenes: había robado un sueño a alguna de las treinta y pico personas que habíamos dejado atrás. Mi corazón se llenó de sentimiento como si fuera la primera vez. De angustia, de duda, de dolor, de arrepentimiento. De injusticia. No sabía qué hacer; no podía aceptar algo que no era mío. No duraría mucho más camuflado entre aquella élite entre élites, porque o me descubrían ellos, o me descubría yo. A punto estaba de saltar del barco, cuando, por vías tan contemporáneas como poco poéticas (también conocido como internet), la misma mano que me agarró con firmeza escribió: eres fascinante, Cosme.

¿Fascinante, yo…? Yo, fascinante. 

Y la aglomeración de dudas que nublaba mi mente se disipó. Inefable. Así describo lo que sentí cuando sus palabras penetraron en mi ser, porque no usó la palabra ‘genio’, sino fascinante. Fue algo distinto, algo que nadie me había dicho nunca, algo que me hizo sentir conforme. Un sabor dulce llenó mi boca, y, por primera vez en mi vida, pude decir ‘con esto me basta’. No quise más, porque fue suficiente como para hacerme pensar que sí, igual no se habían equivocado conmigo. Igual, por primera vez, estaba en mi sitio. Igual sólo tenía que buscarme con verdadero esfuerzo. Igual sólo tenía que empezar el viaje del humano, el viaje de encontrarse. 

Iba a renacer. 

 

Nunca serán bastantes las palabras como para agradecerte, Celia, que insuflaras la esencia del ánimo en mi persona, pues no hay palabras que te puedan describir:

eres inefable. 

Gracias por hacerme sentir bien conmigo mismo. 

El fin del principio.

ImagenLlego a la recta final de este año. Por fin. Dudo que hubiera alguien con más ganas que yo… finalmente puedo oler la completa despreocupación.

Como casi siempre, logré empezar bien el curso… no, tampoco fue bien, fue mediocre; pero lo suficientemente aceptable como para creer que llegaría al final cumpliendo mis objetivos. Al menos, quería creer que era posible, así que hice un intento de esforzarme en el primer trimestre.

De nuevo, no pude darlo todo. ¿Fue pereza? ¿Fueron nuevas amistades que nunca tuve? ¿Mala suerte o, simplemente, mala organización? Busco en el archivo de mi memoria y no puedo recordarlo bien. Es mejor así, porque probablemente fuera otro fallo mío del que avergonzarme. 

Llegados al segundo tercio y pasadas las navidades, puede decirse que, por una vez, comencé a llevar las cosas al día. Durante una semana. Luego vinieron las prisas para rellenar formularios, hacer trabajos, nuevas actividades, celebraciones, fines de semana demasiado largos como para no sentirme de vacaciones y tumbarme a la bartola una buena temporada cual gato. [Ojalá fuera un gato. Podría tumbarme sin problemas de que nadie me diga nada, porque soy el ombligo del mundo y en mi ombligo está mi mundo] Así que volví a perder el ritmo ficticio que me propuse llevar. De nuevo, me quedé a medias a la hora de alcanzar mis objetivos. Aquí fue cuando un pensamiento de miedo (tal vez, una excusa) se introdujo en mi mente: ¿soy capaz de mí mismo? [Porque yo mismo soy cojonudo. Hay personas exigentes, cientos de millones, y no me cabe duda alguna de que yo soy su rey. ]

A lo que iba. 

Bajado nuevamente del tren, me hundo en mis memorias y en mis viejas miserias, en lo que me gustaría que hubiera sido y que no fue, en mi amor platónico por otras versiones de mí mismo que me gustaría que me sustituyesen, en, joder, sigo sin avanzar en el quinto de Juego de Tronos, en “¿qué fue de la flauta travesera? La tengo ahí muerta de risa, quizá debería sacarla… de paseo, o… ¿qué se hacía con ellas?”, en nuevos proyectos de novela que acabarían (sorpresa, sorpresa) sin pasar de la quinta página por emocionante que fuera la trama… en fin. Me volví a perder en el laberinto de mi persona.

Pasados enero, febrero y marzo, llegaron los tres días en los que hice los trece trabajos de Heracles (ahora las pruebas más difíciles del mundo son entrevistas; debe de ser que vencer a una hidra no era ya complicado). No sé cómo me salieron. De milagro, supongo. Para ser sinceros: jamás sentí más útil mi habilidad de improvisación (la cual pegó un subidón tremendo sin venir a cuento). Y, acabados los trabajos, sólo quedaba esperar al resultado.

Una espera que provocó no que me bajara del tren, sino que me tumbara en las vías.

Mi mente no se separó de las nubes. Soñaba veinticuatro horas diarias, de las veinticinco que tiene (la otra hora es el resultado de la acumulación de mis bobadas), aunque no dormía más de seis. Comencé a pensar en nuevas amistades, en nuevos objetivos, en un nuevo ambiente, en un nuevo yo. La posibilidad de cambiar… era algo demasiado dulce. Tan dulce que algo dentro de mí sabía que no era más que una ilusión. Hasta que llegó Hermes en forma de llamada telefónica.

Estaba tumbado en el sofá, viendo cómo mi primo se divertía pulsando teclas al ordenador mientras su correspondiente personaje de la pantalla se metía en fregados innecesarios pero cómicos (desde mi punto de vista. Él los vería bastante enervantes) cuando vibró mi móvil, mostrando un número que desconocía. Abrí mucho los ojos. Las cuatro y diez… apenas había acabado de comer y ya me iban a matar con la decepción, ¿es que no podían haberme dejado hacer la digestión de la comida, al menos? 

Pero la negativa infumable que esperaba se quedó, esta vez, en el tintero de las cosas que pudieron ser y no fueron.

Me siento mientras, sin escuchar, oigo cómo habla el del otro lado de la línea. Con una palabra de lo que me dijo bastó como para no necesitar atender un segundo más a la noticia: iría.

Empezar de cero sería posible. 

Y así pasé de mirar las nubes en el aula a estar en ellas durante los meses restantes del curso. Mientras abajo en la Tierra fingía atención y escucha, mi mente iba maquinando el completamente nuevo plan con toda la devastadora cantidad de nuevas posibilidades que se me ofrecían a partir de este punto, aun consciente de que las cosas iban a ser muy distintas de lo que estaba imaginando. Distintas para mejor. Porque tenía la oportunidad de superarme completamente, de alcanzar un nuevo nivel, de subir la barrita de experiencia de la vida (¡que la tenía casi vacía! Será porque no he librado demasiados combates)… sí, ya nada podría bajarme de las nubes. Ni cuatro bofetadas, ni una bomba nuclear, ni siete patitos de goma lanzados con incomiable puntería a mi cara que tras el impacto se convirtieran en dragones que me escupieran fuego… uh, en lo último exagero. Probablemente les dedicaría un poco de atención.

No obstante, y aún en esa nube, los miedos comienzan a formarse. ¿Estaré a la altura? ¿Me lo merezco? ¿Por qué yo? ¿Acertaron al elegirme? ¿Podré con ello? ¿Se me irá demasiado la olla al tener tanta pista libre? ¿Podré inventar los patos-dragón? [Sería una pasada] 

Dios, ¿por qué me señalas con el dedo en vez de soltarme una bofetada? Ya te vale, majo. 

En fin, tenía y tengo miedo de lo que me pueda esperar. La curiosidad me mataba, los nervios no tanto (he aprendido a controlarlos, algo bueno me he llevado de mi mala experiencia con las migrañas), pero lo que de verdad iba a ser mortífero es la espera. Y, sobre todo, el instituto tocando las narices de por medio, un peso más con el que cargar. 

Pero ese peso se va desvaneciendo, y en esta última semana he podido ver cómo mis preocupaciones respecto a mi carrera estudiantil de este año se van disipando. Realmente sé que podré empezar de cero el año que viene, y podré tomarme este año desde un punto de vista puramente reflexivo. Ya sé qué no hacer. Y eso es lo mejor que me ha pasado este año:

que he aprendido que cagarla del todo es absolutamente necesario para aprender las lecciones más importantes. 

 

Piano, by lateralus2112

Cuando lo miré, una serie de preguntas estúpidas de las que tanto me gustaba formularme vino a mi cabeza. ¿Cuántas personas habrán tocado esas teclas? ¿Qué podría contarme ese piano si tuviera boca y ojos para ver todo cuanto sucedió frente a él? ¿Habrá presenciado algún beso? ¿Algún llanto? ¿O quizás ninguno de los que lo tocaron lloró jamás, si no fue a través de la música?

Es imposible responder a esas preguntas. Excepto a la última: nadie necesita llorar teniendo un piano. Nadie necesita besar teniendo la música. Nadie necesita hablar si improvisa melodías.
Porque la música es la expresión del alma, y quizá sea por eso que no recuerde cómo tocarlo.

Hace tiempo que dejé de tener alma.

Piano, by lateralus2112